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... propiedad, acceso y uso
Por
Eduardo Vega López ¿Quiénes
son los dueños de los recursos genéticos? ¿Cuáles son las reglas de acceso y
uso de los mismos? En nuestro país, como en muchos otros, estas dos preguntas
no tienen respuestas claras o francamente nadie sabe las respuestas. Sin
embargo, el desconocimiento o la incertidumbre al respecto no se ha traducido en
la inacción pública en Brasil, Costa Rica o en los países miembros del Pacto
Andino (Perú, Ecuador, Venezuela, Bolivia y Colombia).
Brasil ha
optado, no sin conflictos internos e internacionales, por una línea
institucional dura de vigilancia y sanción al libre acceso de los recursos genéticos
en la basta extensión de la selva amazónica. Esta experiencia ha documentado
numerosos casos en donde grandes consorcios multinacionales extraen sin atender
a ningún criterio jurídico o acuerdo internacional muestras de suelos,
plantas, hongos, agua e insectos que después, mediante especializados procesos
de síntesis bioquímica en sus laboratorios establecidos en países
desarrollados, sirven para producir nuevas enzimas y proteínas, nuevos
materiales y sustancias, que a su vez, serán insumos de productos nuevos:
medicinas, ungüentos, jabones, shampoos, perfumes, cosméticos, colorantes,
edulcorantes, saborizantes, adhesivos, ceras, plaguicidas, semillas híbridas y
mejoradas, entre muchos otros más. El usufructo ilegal de todas estas muestras,
sustancias y productos se denuncia y combate como biopiratería.
Costa Rica,
con otra situación social y geopolítica, entiende a sus bosques tropicales
como verdaderos laboratorios naturales, como farmacias vivientes y bibliotecas
sin clasificar. Criticando la visión convencional de ver en los bosques
solamente suelos y madera, se ha propuesto, mediante el pragmatismo del úsese o
piérdese (use it or loose it), aprovechar al máximo su biodiversidad, y de
manera muy marcada, sus acervos genéticos. Mediante su Instituto Nacional de
Biodiversidad (INBio), ha firmado convenios con laboratorios y corporaciones
farmacéuticas, de donde proviene el 50% de su presupuesto. Donaciones del Banco
Mundial, del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y de algunos
gobiernos como los de Canadá, Suecia, Holanda y España han financiado parte de
los avances que en esta materia ha tenido Costa Rica. Su sistema nacional de áreas
naturales protegidas se dedica, además de al ecoturismo y la captura de
carbono, a las actividades de bioprospección que, junto con elevados ingresos
en divisas, tienen otros beneficios tales como la construcción de inventarios
de flora e insectos, capacitación a comunidades y profesionales en taxonomía,
colecta y clasificación de muestras y bioalfabetización de su población.
Independientemente que el caso de Costa Rica pueda asemejarse más al de la
explotación regulada de un "yacimiento genético", lo cierto es que
allí no hay biopiratería ni prohibición al acceso de los recursos genéticos
sino bioprospección. Los países
miembros del Pacto Andino, más por organización social y activa participación
comunitaria que por voluntad estatal, han normado el acceso y uso de la
biodiversidad y, en particular, de los recursos genéticos. Anteponiendo los
derechos de propiedad de las comunidades indígenas andinas y amazónicas, estos
países han adelantado mucho más en la regulación comunitaria del acceso de
sus acervos genéticos que en el uso difundido de los mismos. Se argumenta que
así como existen patentes y marcas relacionadas con la propiedad científica e
industrial, debe aceptarse un mecanismo institucional donde el conocimiento
tradicional de las comunidades indígenas sea reconocido más allá de su valor
antropológico, es decir, que los derechos y regalías que se deriven de la
bioprospección consideren los costos evitados a los laboratorios y firmas
farmacéuticas por dicho conocimiento tradicional (del random screening a la
targeted synthesis). Se arguye que el conocimiento y uso de la biodiversidad no
es separable de la cultura de los pueblos y comunidades ancestrales y, por ende,
que el mismo merece una retribución económica mucho mayor que la que
generalmente están dispuestas a pagar las corporaciones farmacéuticas e
industriales.
En nuestro país, apoyado por la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO) y la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (SEMARNAP), en mayo de 1997 el Senado de la República organizó un seminario para discutir la posible legislación del acceso a los recursos genéticos. Poco después quedó archivado dicho proyecto. Más tarde, la CONABIO publicó el documento "La diversidad biológica de México: estudio de país", la SEMARNAP promovió la preocupación institucional acerca de la bioseguridad y muy recientemente, la CONABIO publicó la "Estrategia nacional sobre biodiversidad de México". Todos estos antecedentes e iniciativas son muy valiosas y, sin embargo, pareciera campear la sensación de que México permanece en la sistematización de información y en los pronunciamientos internacionales sobre bioseguridad, mientras que la biopiratería amplía su cobertura y la bioprospección no termina por regularse. La modificación genética de organismos, variedades y especies vegetales son literalmente un asunto estratégico de seguridad nacional y urgen acciones públicas al respecto. La CONABIO propone el establecimiento de un programa nacional de bioseguridad, otro programa nacional de biotecnología y el impulso de la regulación del acceso y uso de los recursos genéticos, así como el fomento de la expedición de patentes o registros asociados con la denominación de origen, la propiedad intelectual y el secreto industrial que pudieran derivarse de la domesticación, selección o manipulación tradicional de flora y fauna hecha por campesinos o pueblos indígenas del país. Ciertamente, el problema no es sencillo. Los caminos recorridos por
Brasil, Costa Rica y los países miembros del Pacto Andino nos enseñan ventajas
y severos riesgos. Pero mientras tardemos más en actuar será más remota la
posibilidad de traducir en hechos los convenios internacionales y las
convicciones propias acerca de los derechos de propiedad y de las reglas de
acceso y uso de nuestros recursos genéticos. Debemos combatir la biopiratería
pero simultáneamente debemos regular la bioprospección, acotarla, consensarla,
asumir sus costos y distribuir sus beneficios con criterios de equidad. Esta
debe ser otra de las prioridades del nuevo gobierno pues se trata de un asunto
de seguridad nacional e imprescindible para la sustentabilidad de nuestro
desarrollo económico y social. MILENIO
Diario / México, jueves 21 de septiembre del 2000 |
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